No necesitas gustar a los demás - Libérate de la inseguridad y fortalece tu autoestima

 



Hay una reunión que no olvido. Fue en Santiago, en una sala con cuatro personas al otro lado de la mesa que me miraban con esa desconfianza particular que tienen los chilenos cuando todavía no saben quién eres ni qué quieres. Yo tenía que presentar un proyecto, tenía que hablar, tenía que convencer. Y lo hice. Pero mientras hablaba, una parte de mi cabeza no estaba en lo que decía sino en sus caras, en si el tono era el correcto, en si notaban que por dentro estaba midiendo cada palabra antes de soltarla.

Salí de allí agotado de una manera que no correspondía al tiempo que había durado la reunión. No era el cansancio de haber trabajado. Era el cansancio de haber estado en guardia durante una hora, pendiente de cada señal, ajustando en tiempo real cada gesto para encajar con lo que imaginaba que esperaban de mí.

Eso me duró meses. No aquella reunión, sino ese estado. La necesidad de aprobación funcionando a pleno rendimiento, silenciosa y constante, condicionando casi todo lo que hacía sin que yo lo llamara por su nombre porque desde dentro parecía simplemente prudencia, adaptación, sentido común.

Tardé bastante en ver que no era ninguna de esas cosas.

Lo que más me costó entender no fue el mecanismo en sí, sino que el mecanismo no decía nada sobre mi carácter. No era un defecto. No era debilidad. Era un patrón aprendido, igual que son patrones aprendidos casi todas las cosas que nos limitan sin que lo hayamos decidido conscientemente. Y los patrones aprendidos pueden modificarse. No de golpe, no con una decisión heroica un lunes por la mañana, sino con ajustes pequeños y repetidos que con el tiempo cambian la base desde la que actúas.

De eso trata el libro que acabo de publicar. No de eliminar el interés por lo que piensan los demás, porque eso no es libertad sino indiferencia, y la indiferencia tiene sus propios problemas. Sino de dejar de necesitar su aprobación para sentirte en pie. De construir algo interno lo suficientemente sólido como para que una crítica, un silencio o un rechazo sean información y no veredicto.

No lo escribí desde la distancia de quien resolvió el problema de una vez y para siempre. Lo escribí desde la experiencia de alguien que lo conoce bien desde dentro y que encontró la manera de trabajarlo sin esperar a que nadie le diera permiso.

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